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Myriam Bedoya
CABA - Argentina
Comunicadora Social, con especialización en Marketing, aspirante a Doctorado en Ciencias Sociales. Escritora, aficionada a la literatura y la narrativa historica.
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Todo pasa por algo...
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Últimos comentarios de este Blog

29/06/10 | 09:48: Laura Collavini dice:
Amiga mía! Es un placer infinito leerte, sentirte desde el alma y atravesando toda mi conciencia llegás a ese espacio único donde tal vez sea el más expresivo y refleje la verdad. Seguir conociéndote a través de tus letras es una riqueza que transforma pleno al día y ensancha el espíritu y no puedo más que agradecer a los días y años transcurridos por dejar que se junten en algún sitio nuestros caminos. Laura.
17/05/10 | 22:39: AliciaF2 dice:
Miriam,/ Esa carta para Mamá / que en tu pensamiento juega \"entre recuerdos y dolor\" de haber dicho a tu madre, en el momento oportuno, sublimes palabras, sabe que tu madre las habrá perdonado ya, pero no se deben guardar en el interior, porque en el resto de la vida pesan. Un te quiero 10, te quiero, 100 te quiero y otros tantos abrazos, que damos a la madre en vida, son flores que forman el jardin de la vida en nuestra alma y nos llenan de dicha y felicidad en el transcurzo de nuestra vida. Un abrazo grandote de Alicia / Luz de Luna /. P/D Escribes maravilloso, tiene sentimiento tu dicción. Ya nos comunicaremos.
16/05/10 | 10:31: Perla María dice:
Myriam, he leído tus cartas, y deseo contestarte, desde el lugar de tu madre, y lo hago con todo respeto, pues me he identificado con ella. Yo también he sido y soy una madre que crió a sus hijos sola, y creeme, estoy segura, que ella como yo nos quedamos con la mejor parte, nos quedamos con nuestros ángeles, que son nuestros hijos. Ellos, los padres son los que perdieron la partida. Estoy segura que tu madre, a pesar de todas las dificultades, supo siempre que ganó. Cuando nacemos, y la partera dice es una mujer, alguien, talla en nuestra frente, la palabra culpa, no hay madre que no lo sepa, como hoy lo comprendes tú. Siempre seremos culposas, porque cuando nos dieron la tamaña responsabilidad de ser la matriz de nuestros hijos, sentimos, la duda de si lo haremos bién, y nunca quedamos conforme, aunque te aseguro que tu mamá lo hizo de maravillas. una abrazo, y fuerza , palestina14
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Cada uno puede imaginar su propia infancia como un algo antes incontaminado; y lo puede hacer por... Ampliar

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Cartas Para Cualquiera


Cartas para Cualquiera es un espacio de expresion sobre impresiones del alma. Cosas que se viven en el interior de la mente, y que solo en un momento de soldedad, es posible plasmar en el verbo.



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Todo pasa por algo...



Todo pasa por algo. Me di cuenta – tarde para mi gusto, pero al fin - de que muchos de mis conflictos más íntimos tienen raíz en la ausencia de mi padre. Por muchos años escuché gente diciéndomelo y me desentendí del tema. Hasta me ayudó la opinión de aquella psiquiatra de admisión a mis 18: “no tenés porqué querer a tu padre. Si no lo querés, no lo querés”. Y claro, con mi acostumbrada bienvenida a las soluciones rápidas e indoloras, acepté de buena gana que era de lo más normal que no me moviera un pelo pensar en su muerte, la que al día de hoy no tengo idea de si habrá ocurrido.

Esta bandera siempre la lleve conmigo con orgullo y de buena gana: lo complicado siempre se desenmaraña de una manera casi tonta, tan simple y tan poco rebuscada que dá pudor cuando uno se desayuna con que lo resolvió. Las cosas siempre pasan por algo y estancarse a desovillarlas es un esfuerzo infructuoso. Cuanto más simple mejor: si me duele, me alejo; si me enoja, lo evito; si me desilusiona, lo acepto y sigo por otro camino; si me quiere, me alegro; si no me quiere, lo dejo; si me alcanza, lo compro; si no me sirve, lo tiro. Nunca me quedé a cuestas con nada, ni la bronca, ni la angustia, y mucho menos el rencor. Y pensé por tantos…demasiados años, que así estaba bien. Hice carne las pocas palabras de mamá que siendo tan simples - como a mí me gusta -  me dieron tanta fortaleza para estar siempre en pie: “cuando te hagan algo malo, poné la otra mejilla”, “Cuando te hablen mal de alguien, hacete la desentendida y nunca acompañes las criticas al ausente: lo que tengas que decir, decilo directo y al frente”, “si siempre andás derecha, cuando pienses que perdiste, vas a ver caminando derrotado a tu peor enemigo”, “dejalos que hablen, bien o mal: no importa. Cuando hablan de vos, te dan vida”.

Las palabras fueron mi alimento y mi remedio toda mi vida. Cuando tuve necesidades, cuando tuve que diferenciarme para poder sobresalir en medio de tanta “poqueza”, cuando tuve que defenderme de las injurias y de quienes se aprovecharon de mi falta de energía para la pelea a vivas voces, y cuando tuve que explicar cosas que no tienen traducción al habla…cosas que al día de hoy no entiendo por qué tuve que explicar. También fueron mi jardín de invierno…por saber hablar me escucharon silenciosos mientras daba alguna clase, mientras explicaba un proceso, una consecuencia, un significado. Fueron siempre mi bastón cuando necesité escucharme explicando por qué me pasan las cosas que me pasan.

Pero hoy estoy cansada. Cansada de hablarme a mí misma como si estuviera conversando con alguien, para no aburrir a algún otro que con los años tiene sus propias historias y ya no quiere escuchar las mías. Me cansé de empezar una y cien veces a entender como fue la vida de mis padres, en qué me equivoqué para haber cometido tantos errores, y por qué no tengo la vida sencilla…como a mí me gusta…que siempre quise tener. Y llegué a la conclusión - de una manera que para qué discutirlo: fue más que tonta- de que por mucho que haya querido desmerecerla...la mayor razón de mis frustraciones fue la ausencia de un padre.

Estaba viendo un programa de variedades con Gonzalo, sobre exposiciones de autos en Alemania. Me fascinan los autos. ¿Qué cuánto sé de autos? Nada. Pensé que me encantaría ir a estas exposiciones, y ver los motores, los diseños, los autos antiguos y los más modernos…y me sentí terriblemente masculina. Pensé…en casa nunca hubo una imagen de hombre como una se lo imagina: el que resuelve, arregla, hace el trabajo pesado, se ocupa de los gastos y del mantenimiento del hogar. ¡El tipo al que le gustan los autos!. Bueno, en mi casa nunca existió eso. Ni del lado materno ni del paterno. Pienso que si mi mamá hubiera sido más enérgica y más avasallante luego de la separación, yo habría terminado siendo homosexual. Definitivamente, tomando las riendas, buscando ser la protectora, la proveedora, la resolutiva, el hombre de la casa. No fue así. Mi padre era un tipo bastante insípido, sin colores, sin matices siquiera. Aburrido, monótono y rutinario, cuya única nota de vida era su postura de Dandy, sentado siempre con sus piernas cruzadas como esperando al Beagle que le traiga las pantuflas y el diario. Pero mamá, por más antitética que fuera – en altavoz día y noche,   discutidora, sus risas eran carcajadas interminables y  muy sonoras, su carácter tormentoso parecía hasta caricaturesco- no llegó a ser su antípoda ni se preocupó por ubicarse en el lugar que el tan ligeramente dejó vacante.

Con mi hermana mayor hicimos las veces de “hombre de la casa”. Salimos a trabajar desde chicas, y nunca nos quejamos de nuestra pobreza, ni de la vergüenza terrible que nos daba pedir fiados, prestados, comida, dinero, nuestra casa hecha una choza…que ni siquiera era nuestra, nuestra ropa heredada de todos... Siempre anduvimos con la frente alta y nos reímos cuanto pudimos. Si alguien habló mal de nosotras, no lo sé. Siempre me quedé con lo bueno...aunque a veces doliera: “…éstas nenas son tan buenas…bien habrían podido terminar siendo drogadictas o prostitutas con la vida que han tenido”….”con la madre que les tocó”…La verdad, en esos años las cosas no las veía con tanto dolor como ahora las veo cuando miro hacia atrás. La vida que me tocó fue así: tipo casado deja a la esposa y los hijos para juntarse con mi mamá (¿ o ya estaba separado? Jamás lo sabré). Nos tienen, (¿soy hija suya de verdad?, cuando estuve internada al nacer jamás vino a donar sangre para mí) se llevan mal, a veces bien… él es lo que es y ella lo que puede…pero definitivamente no lo que quiere ser. El un soberbio, ella una niña bien de familia conservadora que escondió aquella violación a los 9, venida a libertina con un tipo 20 años mayor. El, el sobrino mimado de la familia, el vecino codiciado por todas…ella la hippie gritona que fuma cigarrillos negros hasta más no poder. Ella, querible, dejó de reírse de a poco; el, un antisocial, siempre el que tiene razón y la deja que grite como una loca. Nosotras escondidas entre la puerta y la cortina esperando que terminen de discutir.  Se fue con otra mujer, como era de esperarse y con la solemnidad del caso: domingo de asado, anuncio de partida, almuerzo, siesta, baño, traje y perfume para llegar presentable a su nuevo hogar…y el Adiós. Ella se deprimió, engordó, adelgazó, y luego se dejó morir. Lentamente, enferma, malhumorada, impaciente por irse de una buena vez y para siempre. Y solo cuando se fue, solo en ese momento, volvió a sonreír de verdad, estaba en paz. Recuerdo varios – pocos – momentos de inflexión en mi vida. Pero ese momento, el de verla muerta, con esa sonrisa, fue sin lugar a dudas el más impactante de todos. Fue un dolor tan dulce, y tan punzante a la vez que todavía me duele…pero me alivia también. No creo que pueda sentirse una pena tan profunda, como la de entender que la muerte fue lo mejor que le pudo haber pasado a alguien a quien amamos. Porque no queremos que mueran…en nuestro egoísmo queremos que vivan siempre. Y acá es donde vuelvo a mis 18…a ese momento en el que entendí que si me enteraba de que mi papa se moría, no se me iba a mover un solo nervio…

Así son las cosas en la vida…se dan vuelta sin aviso. Tantas veces pensé en cómo sería el día que mi mamá muriese…pensaba si las cosas serían más fáciles o más difíciles (son más difíciles). Si iba a ser una enfermedad o un accidente (fue una enfermedad)…deseaba que fuera de noche…dormida para que no sufra (y así fue, gracias a Dios). Quería que fuera de vieja…que mis hijos la disfrutaran y que pudieran hacerla reírse otra vez a carcajadas de esas que dan vergüenza ajena…Pensaba que si se enfermaba iba a ser insoportable…la verdad es que pensaba bastante en su muerte porque nuestra vida había sido un relato constante de sus dolores, de sus miedos y de sus predicciones sobre cómo iba a morir. Pero me dolía…me dolía la sensación de llegar a ese momento...y me obligaba a blanquear mi cabeza para desaparecer esa imagen. Sin embargo, cuando llegó, cuando la ví dormida para siempre, supe que estaba bien. Que se había ido casi “porque había querido”. Y entonces sufrí y lloré por mí, y por mis hijos…lloré porque ya no la iba a ver más. Pero por ella – qué difícil suena – me sentí feliz, y pude dejarla ir quedándome con todo lo que me dio.

Por él en cambio - y así de raro – sé que el día que me entere de su muerte voy a llorar con pena real…con todas esas cosas que nunca me lleve a cuestas…y que hoy las tengo cargadas en la espalda como una deuda pendiente que ya no puedo arrastrar más con esta vejez prematura que siento cada vez peor. Voy a llorar de bronca, de angustia y de rencor. Por haberme hecho sentir que mamá necesitaba alguien que la cuide, por haberme hecho ver todas sus debilidades, por haberme mostrado la cara adulta de la vida cuando yo era una nena que había crecido rodeada de fantasías, de historias y de esperanzas sacadas de los libros de mamá, de los relatos de mamá y de las enseñanzas de mamá.  Por haber llenado de vacío un pedazo neurálgico de mi psiquis…que tuve que ir completando con culpas, con obligaciones, con roles que no tenía que tomar, por haberme hecho pensar que tengo que resolver todo sola, que la familia es tan endeble como un copo de nieve, y que un “Adios” es cosa de todos los días. Así pienso que será ese día.

Por todo esto me doy cuenta de que mis conflictos son derivaciones de esa ausencia…mis compromisos truncos, como reflejo de su falta de responsabilidad. Mi baja autoestima, como reflejo del poco valor que tuvo para el mi vida…Mi permanente aceptación de toda culpa…como si la tuviera, como un eco de las culpas que fueron suyas...no mías.

 

Me cansé, sí. Pero qué bueno que estuvo en casa el tiempo necesario como para que yo haya podido aprovechar a mamá y aprehender cada palabra, cuando todavía no había decidido que quería dejar de vivir; qué bueno que me gustan los autos para pensar en lo poco “femenina” que soy. Tan simple como eso…todo pasa por algo.


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